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Detalle de la portada del libro "Cautivo del Deseo" By: Óscar Eduardo Montoya

viernes, 25 de noviembre de 2016

Regresemos al Amor Primero

“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando. ”
(Hechos de los Apóstoles 2, 42-47).
 
La crisis de fe actual tiene raíz en la vivencia de la comunidad. Nos cuesta ser con el hermano[1]. Queremos enseñar y guiar pero nunca ser guiados. Nos empeñamos en conseguir -tener- la razón aun sabiendo que nos equivocamos, que no somos perfectos como deberíamos. Por eso los cristianos ya no acuden a nuestras reuniones, ni creen en nuestra enseñanza, porque nosotros no compartimos el pan. Hemos perdido -olvidado- un pilar fundamental a la hora de atraer hacia Cristo: el “miren como se aman” que hizo de la primera comunidad de cristianos un modelo a seguir; ese “miren como se aman” que sostuvo la Iglesia durante muchos años -hasta nuestros días- y que ahora por la lucha de poder se fue borrando de nuestros corazones: ya la individualidad, la autosuficiencia, el “yo puedo solo”, el prescindir del otro porque tiene un cargo menor, o porque yo me siento superior, ha convertido nuestros principios originarios en desechos inservibles. Dios nos eligió no por ser los mejores sino porque quiere mejorarnos, quiere hacer de nosotros hombres de amor, no solo quiere que lo amemos es necesario que nos amemos entre nosotros. Él quiere enseñarnos ese amor, esa forma de amar, esa forma de vivir.
Y a la hora de culpar estamos preparando piedras contra el hermano, nos enceguecemos contra la paja en el ojo del otro. Pues bien, sabemos que es culpa nuestra, pero sobre todo mía: Cuando no cumplí el mandato de amor al hermano, cuando no te escuché, cuando no te visité si estabas enfermo, cuando no te di un buen consejo, cuando vencido por el cansancio te grité, cuando no te presté la ayuda que necesitabas, cuando me sentí superior a ti y te miré por lo bajo, cuando te hice la guerra, cuando no te demostré lo suficiente que eras realmente importante para mí y para Dios, pido perdón por mi falta de amor.
Dice Gahvir Fahiaci[2]: “el amor dista de ser una fingida pose pietista, o un frenético y contorsionado rictus de locura carnal; es el elemento transformador por excelencia, el secreto de todos los secretos, la clave real y suprema de los auténticos alquimistas, el elixir que produce la eterna juventud...” el arma que hace que el hombre trascienda su simpleza de criatura y se haga súper-hombre como apenas lo atisbó Nietzche, el amor inspira la aureola de los santos y la corona de los mártires. Gracias al amor tiene validez la sentencia sicut dei (serán como dioses), y la prodigiosa reflexión de Cristo: “haréis estas cosas y aun mayores, cuando derrame sobre vosotros el Espíritu Santo” -en últimas el amor-. El amor hizo cierta la expresión de Pascal: “el hombre es infinitamente superior a sí mismo”, gracias al amor es plausible hablar de Dios, al amor se referían, probablemente, Platón cuando habló del Demiurgo Creador, Aristóteles del Motor Inmóvil, Liebniz de la Monada Suprema, Fitchte del Absoluto, Spinoza de la Sustancia Absoluta, Hegel del Espíritu Absoluto, Kant del Noúmeno, y del Superalma Bergson. El amor bellamente definido por Teihlard de Chardin “...es la más universal, la más formidable y la más misteriosa de las energías cósmicas”. El amor fuerza transformadora del hombre y del mundo, hace que dos desconocidos sean hermanos sin unión sanguínea, hace de nuestras comunidades verdaderos templos de Dios, pero es necesario que sea un amor leal y verdadero, no el que solo se dice o se escribe, sino el amor con el que se vive, debemos reavivar el tan admirado en la antigüedad “miren como se aman”, el amor que se viva en las comunidades cristianas debe ser un amor transparente, ya lo decía August Comte “el amor no puede ser profundo sino es puro”.
Yo mismo me estoy cansando de este discurso “se amordaza el amor cuando se discurre sobre él”[3]. yo mismo no amo como debería, yo todavía no doy la vida por el hermano, aun sigo señalando al hermano que cae en vez de ayudarlo a levantar, todavía cuestiono la autoridad que me brinda seguridad, sigo sin entender cómo se llega a pensar tan bonito, racionalmente un discurso seguro, pero en el actuar diario una total contradicción. Esto hermanos está destruyendo nuestra Iglesia desde dentro, la gente ya no nos cree, la gente ya no ve a Cristo a través de nosotros, esto debería estar preocupándonos a todos, los fieles ya no creen en el discurso del “cura”, discurso que no por demás carece de ejemplo de vida “más que preceptos... son vivencias lo que necesitamos”[4], se queda en las palabras. Juan Pablo I decía “el mundo de hoy necesita más de testigos que de maestros”, como hablar del amor cuando no lo practicamos, no lo vivimos, de Cristo cuando Él no vive en nosotros, testigos de qué...
Con muy feliz memoria recuerdo las palabras de Chiara Lubich “una comunidad puede no tener un espíritu de comunión”, frase lapidaria que debería cuestionarnos profundamente, según estos términos ¿cómo es mi vida en comunidad?, será que me he quedado en el cumplimiento, o debería decir en el cumplo y miento, de decir amar al hermano y no poder hacer nada por él, activista sin oración, o simple altruismo -que no es malo- que no trasciende a lo alto, ¿mi hermano se siente amado por mí? En los diálogos que solían tener los estudiantes del oratorio de Don Bosco giraban muchas veces en discutir ¿quién era el más amado por San Juan Bosco? Cada uno daba mil motivos para ser él el más querido por el santo, en últimas todos y cada uno se sentían los más queridos; ¿sienten eso de ti tus hermanos? ¿Los que te rodean se sienten realmente queridos por ti?
Gracioso el cuestionamiento con el que termino el párrafo anterior, realidad a la que nos vemos expuestos continuamente. Crisis de humanidad, así lo califica Joseph Gevaert en su libro La Condición Humana, es cierto, presenciamos la más profunda crisis que haya podido atravesar el hombre en toda su historia. Crisis que podríamos llamar de muchas maneras; crisis que carcome los tejidos de nuestra sociedad; crisis que transforma el contexto social, crisis que nos hace ciegos ante una realidad inminente: el hombre en su búsqueda egoísta por encontrarse a sí mismo se ha perdido de sí, el nosce te ipsum (conócete a ti mismo -sentencia del areópago griego-) se convirtió en el ignora a tu hermano. El mayor problema del hombre es sí mismo, su mayor enemigo está dentro no fuera como él cree, su mayor enemigo no es Dios, ni el Demonio, ni la sociedad, nada que esté fuera, es él mismo su propio destructor. Llevamos miles de años destruyendo lo que Dios nos regaló como única casa, miles de años matando la única compañía racional que Dios nos dio -el hermano-. Crisis de humanidad que se traduce en la realidad más triste que debemos aceptar: nuestra crisis tiene raíz en nuestra falta de amor. Nacimos con una profunda necesidad de ser amados, pero nadie se atreve a amar...
“Ámense los unos a los otros como yo los he amado”, “nadie ama más que el que da la vida por sus amigos”, “hagan esto en memoria mía”. Profundas recomendaciones que Cristo nos dejó. Él no nos pidió discursos coherentes, largas oraciones, fundar nuevos estilos de vivir en comunidad, sermones llenos de palabras; nos pidió algo sencillo y simple: Amar; pero con una finalidad: ser como él. Cuando Jesús dijo “sean perfectos como mi Padre es perfecto”, dijo simplemente Amen como mi Padre ama. Yo y el Padre uno somos. ¿Qué otra cosa puede hacerlos uno si no el amor? ¿De qué otro modo si no a través del amor puede ser Dios la comunidad perfecta del amor? el Papa Benedicto XVI le dedicó toda una encíclica a hablar de lo único que puede cambiar nuestra triste realidad Deus caritas est (Dios es amor), tan sencillo como eso, si Dios es amor y nosotros somos sus seguidores que debemos hacer: ¿hablar de Dios o amar como Dios? ¿Hablar del amor o vivir en el amor? Claro está que es muy difícil para el hombre amar de este modo, pero eso lo sabe Dios, y lo sabemos nosotros, no es nuestra obra, es la suya, Él lo dijo: “sine me nihil potestis facere” (sin mí nada pueden hacer), por eso hemos de rendirnos plenamente a Él, darle todo a Él, dejar todo en sus manos, decir con María: “ecce ancilla Domine, fiat me sicum verbum tua” (he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra), y que el Espíritu engendre a Dios en nuestras vidas, que engendre su amor en nuestros corazones.

Pablo Andrés Villegas Giraldo
Filósofo, ensayista y escritor de poesía
2016




[1] Todo este escrito nació sobre la meditación de cómo vivía la primera comunidad, testimonio que guardó San Lucas en su narración de los Hechos de los Apóstoles.
[2] GAHVIR FAHIACI. La Sabiduría del Látigo. Álvarez, La Ceja, 1986. p. 19.
[3]    Ibíd.
[4]    ibíd. p. 77.

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