Detalle

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Detalle de la portada del libro "Cautivo del Deseo" By: Óscar Eduardo Montoya

martes, 9 de julio de 2019

Historia de una nación


Quiero trazar un esbozo histórico quizás desordenado sobre nuestra historia para realizar una reflexión en torno a la violencia con la que a veces nos toca convivir y de la que la mayoría de los colombianos estamos hartos. Desde 1492, cuando el continente americano fue invadido y zaqueado por un grupo de naciones europeas, hemos vivido en medio del sinsabor de la intolerancia. Eso lo aprendimos desde la difícil época que significó para estas tierras la cristianización de lo que los invasores llamaron “Nuevo Mundo”, que no era nuevo pero que para ellos resultaba desconocido.



Después de intensas gestas el gobierno logró establecer un pie de fuerza lo bastante valeroso para hacerle frente a la corona española representada por los virreyes en América. Nuestra nación se vio envuelta en las guerras más absurdas. Éramos un país inmaduro, un estado adolescente que resultaba simplemente ingobernable. No solo debido a la inmensidad de su territorio, ni a las diferencias evidentes entre cada una de sus regiones; sino, y lo que es peor, debido a la mala intención de quienes querían hacerse con el poder. Un cisma incomprensible entre el centralismo conservador y el federalismo beligerante mantuvo la tensión y la guerra interna que permitieron la pérdida de gran parte del territorio. Sin superar estas diferencias, Colombia se convirtió en una pequeña república que ha ido aguantado los malos gobiernos de los últimos doscientos años, desde que se instauró una falsa democracia a partir de una supuesta independencia.
El momento más lamentable de la historia que ha vivido el país son los últimos setenta años (aproximadamente). En los que en un intento por defender a los indefensos y reconocer a los olvidados, se fueron instaurando las guerrillas patrocinadas por otras naciones de gobiernos socialistas. Estas guerrillas significaron para el campo y las selvas la posibilidad de establecer formas de autogobierno que permitieran el desarrollo y la explotación del suelo. Sin embargo, en el momento en que se quedaron sin el patrocinio extranjero, estas guerrillas perdieron su norte y permitieron que un mal peor que el abandono del gobierno central se apropiara de las selvas, de los campos y en consecuencia de las ciudades.
Caricatura de Matador en El Tiempo.
Nuestro panorama siempre ha oscilado como un péndulo que empujado por un eterno movimiento se acerca y se aleja a dos contrarios que lo atraen alternadamente. Desde el origen mismo de nuestro nombre carecemos de identidad propia, seguimos siendo la “tierra de Colón” (Colombia) como cantamos entusiasmados en la segunda estrofa de nuestro Himno Nacional. Seguramente, debemos sentir “orgullo patrio” de que un italiano con dudosas intenciones se topara con la tierra hermosa y fértil del continente americano. El heroísmo y la barbarie bautizaron estas tierras en las que ya habitaban grupos de indígenas que jamás se imaginaron el trágico desenlace que acaecería. Además, la memoria nos fue arrebatada desde hace mucho, para poder seducirnos y engañarnos al antojo de fines mezquinos que han desangrado el continente durante casi cinco siglos.
Imagen tomada de El Colombiano

Colombia es un país que nació enfermo, moribundo, y que se ha ido muriendo lentamente, en una agonía que no puede compararse a la decadencia de otras grandes naciones. Porque a Colombia le robaron su infancia, esa inocencia precolombina en la que seguramente los antepasados vivían felices. Pero vinieron a quemarle sus dioses, a violarle las mujeres, a corromper su alma y no dejaron más que ruinas… Todos estos pueblos perdieron la esperanza, se sometieron a los invasores porque, como decía Cioran a este propósito, “una vez abolidos nuestros símbolos por la lucidez, la vida es un amargo deambular entre templos abandonados. ¿Cómo seguir viviendo sólo con las ruinas de los dioses?” (2009, pág. 44) La resistencia fue apagada, no con argumentos, sino con violencia y la violencia quedó tatuada en el alma del colombiano, la violencia es sin duda el símbolo más evidente de su inmadura identidad. Colombia no ha tenido vida propia: primero, estuvo bajo la corona española; luego, se comportó como una nación ingobernable dividida internamente; en la actualidad es movida por las aguas del “progreso” que le han incubado otros países, sin saber que “todo progreso entraña un equivalente de ruina” (Cioran, 2009, pág. 37). La ruina de Colombia, como un triste presagio de lo que sucederá en el mundo, son los hijos que abriga en su territorio… El mañana nos espera abriendo sus fauces esperando la conversión o la tragedia.

Editorial Periódico El Faro, junio/julio 2019.

1 comentario:

  1. Me parece muy interesante este artículo y de fácil comprensión, concuerdo con la ausencia de intenciones para ser una nación libre y con autosuficiencia económica,permitimos que nos roben porque nos parece más sencillo obedecer que "reinventarse" en la verdadera concepción de independencia. Aprovecho el término de moda en época del Coronavirus que nosdemuestra una vez más el poco desarrollo mental que poseemos como NACIÓN

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