Quiero trazar un esbozo histórico quizás desordenado sobre nuestra
historia para realizar una reflexión en torno a la violencia con la que a veces
nos toca convivir y de la que la mayoría de los colombianos estamos hartos. Desde
1492, cuando el continente americano fue invadido y zaqueado por un grupo de
naciones europeas, hemos vivido en medio del sinsabor de la intolerancia. Eso
lo aprendimos desde la difícil época que significó para estas tierras la
cristianización de lo que los invasores llamaron “Nuevo Mundo”, que no era
nuevo pero que para ellos resultaba desconocido.
Después de intensas gestas el gobierno logró establecer un pie de fuerza
lo bastante valeroso para hacerle frente a la corona española representada por
los virreyes en América. Nuestra nación se vio envuelta en las guerras más
absurdas. Éramos un país inmaduro, un estado adolescente que resultaba
simplemente ingobernable. No solo debido a la inmensidad de su territorio, ni a
las diferencias evidentes entre cada una de sus regiones; sino, y lo que es
peor, debido a la mala intención de quienes querían hacerse con el poder. Un
cisma incomprensible entre el centralismo conservador y el federalismo
beligerante mantuvo la tensión y la guerra interna que permitieron la pérdida
de gran parte del territorio. Sin superar estas diferencias, Colombia se
convirtió en una pequeña república que ha ido aguantado los malos gobiernos de
los últimos doscientos años, desde que se instauró una falsa democracia a partir
de una supuesta independencia.
El momento más lamentable de la historia que ha vivido el país son los
últimos setenta años (aproximadamente). En los que en un intento por defender a
los indefensos y reconocer a los olvidados, se fueron instaurando las
guerrillas patrocinadas por otras naciones de gobiernos socialistas. Estas
guerrillas significaron para el campo y las selvas la posibilidad de establecer
formas de autogobierno que permitieran el desarrollo y la explotación del
suelo. Sin embargo, en el momento en que se quedaron sin el patrocinio
extranjero, estas guerrillas perdieron su norte y permitieron que un mal peor
que el abandono del gobierno central se apropiara de las selvas, de los campos
y en consecuencia de las ciudades.
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| Caricatura de Matador en El Tiempo. |
Nuestro panorama siempre ha oscilado como un péndulo que empujado por un
eterno movimiento se acerca y se aleja a dos contrarios que lo atraen alternadamente.
Desde el origen mismo de nuestro nombre carecemos de identidad propia, seguimos
siendo la “tierra de Colón” (Colombia) como cantamos entusiasmados en la
segunda estrofa de nuestro Himno Nacional. Seguramente, debemos sentir “orgullo patrio” de
que un italiano con dudosas intenciones se topara con la tierra hermosa y
fértil del continente americano. El heroísmo y la barbarie bautizaron estas
tierras en las que ya habitaban grupos de indígenas que jamás se imaginaron el
trágico desenlace que acaecería. Además, la memoria nos fue arrebatada desde
hace mucho, para poder seducirnos y engañarnos al antojo de fines mezquinos que
han desangrado el continente durante casi cinco siglos.
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| Imagen tomada de El Colombiano |
Colombia es un país que nació enfermo, moribundo, y que se ha ido
muriendo lentamente, en una agonía que no puede compararse a la decadencia de
otras grandes naciones. Porque a Colombia le robaron su infancia, esa inocencia
precolombina en la que seguramente los antepasados vivían felices. Pero
vinieron a quemarle sus dioses, a violarle las mujeres, a corromper su alma y
no dejaron más que ruinas… Todos estos pueblos perdieron la esperanza, se
sometieron a los invasores porque, como decía Cioran a este propósito, “una vez
abolidos nuestros símbolos por la lucidez, la vida es un amargo deambular entre
templos abandonados. ¿Cómo seguir viviendo sólo con las ruinas de los dioses?” (2009, pág. 44) La resistencia fue apagada, no con
argumentos, sino con violencia y la violencia quedó tatuada en el alma del
colombiano, la violencia es sin duda el símbolo más evidente de su inmadura
identidad. Colombia no ha tenido vida propia: primero, estuvo bajo la corona
española; luego, se comportó como una nación ingobernable dividida internamente;
en la actualidad es movida por las aguas del “progreso” que le han incubado
otros países, sin saber que “todo progreso entraña un equivalente de ruina” (Cioran, 2009, pág. 37) . La ruina de
Colombia, como un triste presagio de lo que sucederá en el mundo, son los hijos
que abriga en su territorio… El mañana nos espera abriendo sus fauces esperando
la conversión o la tragedia.
Editorial Periódico El Faro, junio/julio 2019.


Me parece muy interesante este artículo y de fácil comprensión, concuerdo con la ausencia de intenciones para ser una nación libre y con autosuficiencia económica,permitimos que nos roben porque nos parece más sencillo obedecer que "reinventarse" en la verdadera concepción de independencia. Aprovecho el término de moda en época del Coronavirus que nosdemuestra una vez más el poco desarrollo mental que poseemos como NACIÓN
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