(25 de febrero de 2014)
Cuando crucé el umbral sabía que faltaba
algo, la visión se perdía en la profundidad del espacio buscando el encuentro
con las aves marías que cantábamos antes de comenzar la jornada. Cuántos cantos
en mayo, cuántas fiestas celebradas, cuántas veces llené de flores y poesías
sus preciosos pies. Inútilmente seguí buscando. Pensé por un momento con un
leve entusiasmo que habían destinado un mejor lugar para rendirle homenaje a la
Virgen Milagrosa. En cuanto pude pregunté por la ausencia de la tan amada
Virgen de la Gruta, que me sirvió de escondite en las horas de recreo mientras
correteaba a mis amigos, en respuesta hallé un discurso apresurado sobre algunos
cambios que había impuesto la nueva rectora, entre ellos la necesidad de no
exhibir imágenes religiosas. Pensé de inmediato que se trataba de una nueva
pedagogía sin Dios y sin Ley que se
habían inventado. O que basados en miedos leguleyos hacia unos decretos
desgastados, habían decidido tomar una actitud de cumpli-miento que los
eximiera de cualquier complicidad pecaminosa. Cualquiera que hubiera sido la
razón habían dejado vacío el espacio y mi corazón henchido de tristeza.

Antes, cuando los maestros educaban, los
niños y los jóvenes aprendíamos. Sin embargo, un Tsunami de nuevas pedagogías,
de didácticas seculares y de métodos sacados de un sombrero de copa, comenzó a ahogar
la educación que fue poco a poco perdiendo su esencia: los profesores empezaron
a preocuparse por cumplir los estándares de un sistema educativo obsoleto y
dañino. Sacaron a Dios de las aulas. Sacaron el orden, la luz y el asombro. La
preocupación por los jóvenes, por sus necesidades humanas, por sus necesidades
espirituales, se transformó en el desvelo por los resultados más que por el
proceso del aprendizaje. La razón de ser de la evaluación del aprendizaje en la
educación está en que es una actividad sistemática integrada en el proceso educativo,
que está allí precisamente para enriquecerlo y
que lejos de reprobar al aprendiz por no haber demostrado su capacidad sin más
explicación debe convertirse en un recurso para que el estudiante sea capaz de
formarse como sujeto. No obstante parece ser más importante cumplir la ley,
cumplir con los estándares del sistema, que hacer que los jóvenes que asisten a
las clases en busca de luz se hagan mejores personas, al menos eso da a
entender la vacía actitud de la rectora.
Después de mi visita a la vieja escuela en donde aprendí
mis primeras lecciones, en donde profesores preocupados por las humanidades me
educaron en el respeto y forjaron en mi espíritu esa buena disposición hacia el
aprendizaje, descubrí para mi dolor que todo ha cambiado: ya no está la
virgencita, ya no están los profesores, ya no hay orden, no se educa, no se
forman buenos cristianos para que sean
buenos ciudadanos (como reza el principio salesiano). Mi reflexión puede
sonar nostálgica, aburrida y fuera de lugar; pero aunque saquen a Dios de las
aulas, aunque hayan tumbado la gruta de la Virgen Milagrosa en la escuela
Atanasio Girardot, no pueden tapar el sol con un dedo, aquí cabe decir con el
bogotano Nicolás Gómez Dávila: "La Iglesia educaba; la
pedagogía del mundo moderno tan sólo instruye".
Publicado en El Faro, marzo de 2014.

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