Detalle

Detalle
Detalle de la portada del libro "Cautivo del Deseo" By: Óscar Eduardo Montoya

viernes, 25 de enero de 2019

Visitando mi escuela


(25 de febrero de 2014)

Cuando crucé el umbral sabía que faltaba algo, la visión se perdía en la profundidad del espacio buscando el encuentro con las aves marías que cantábamos antes de comenzar la jornada. Cuántos cantos en mayo, cuántas fiestas celebradas, cuántas veces llené de flores y poesías sus preciosos pies. Inútilmente seguí buscando. Pensé por un momento con un leve entusiasmo que habían destinado un mejor lugar para rendirle homenaje a la Virgen Milagrosa. En cuanto pude pregunté por la ausencia de la tan amada Virgen de la Gruta, que me sirvió de escondite en las horas de recreo mientras correteaba a mis amigos, en respuesta hallé un discurso apresurado sobre algunos cambios que había impuesto la nueva rectora, entre ellos la necesidad de no exhibir imágenes religiosas. Pensé de inmediato que se trataba de una nueva pedagogía sin Dios y sin Ley que se habían inventado. O que basados en miedos leguleyos hacia unos decretos desgastados, habían decidido tomar una actitud de cumpli-miento que los eximiera de cualquier complicidad pecaminosa. Cualquiera que hubiera sido la razón habían dejado vacío el espacio y mi corazón henchido de tristeza.


Antes, cuando los maestros educaban, los niños y los jóvenes aprendíamos. Sin embargo, un Tsunami de nuevas pedagogías, de didácticas seculares y de métodos sacados de un sombrero de copa, comenzó a ahogar la educación que fue poco a poco perdiendo su esencia: los profesores empezaron a preocuparse por cumplir los estándares de un sistema educativo obsoleto y dañino. Sacaron a Dios de las aulas. Sacaron el orden, la luz y el asombro. La preocupación por los jóvenes, por sus necesidades humanas, por sus necesidades espirituales, se transformó en el desvelo por los resultados más que por el proceso del aprendizaje. La razón de ser de la evaluación del aprendizaje en la educación está en que es una actividad sistemática integrada en el proceso educativo, que está allí precisamente para enriquecerlo y que lejos de reprobar al aprendiz por no haber demostrado su capacidad sin más explicación debe convertirse en un recurso para que el estudiante sea capaz de formarse como sujeto. No obstante parece ser más importante cumplir la ley, cumplir con los estándares del sistema, que hacer que los jóvenes que asisten a las clases en busca de luz se hagan mejores personas, al menos eso da a entender la vacía actitud de la rectora.
Después de mi visita a la vieja escuela en donde aprendí mis primeras lecciones, en donde profesores preocupados por las humanidades me educaron en el respeto y forjaron en mi espíritu esa buena disposición hacia el aprendizaje, descubrí para mi dolor que todo ha cambiado: ya no está la virgencita, ya no están los profesores, ya no hay orden, no se educa, no se forman buenos cristianos para que sean buenos ciudadanos (como reza el principio salesiano). Mi reflexión puede sonar nostálgica, aburrida y fuera de lugar; pero aunque saquen a Dios de las aulas, aunque hayan tumbado la gruta de la Virgen Milagrosa en la escuela Atanasio Girardot, no pueden tapar el sol con un dedo, aquí cabe decir con el bogotano Nicolás Gómez Dávila: "La Iglesia educaba; la pedagogía del mundo moderno tan sólo instruye".

Publicado en El Faro, marzo de 2014.

No hay comentarios:

Publicar un comentario