La filosofía del
pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila parece estar en una constante tensión
entre el escepticismo y la fe. A lo largo de su obra y en gran parte de sus
apuntes se puede ver esa actitud descreída que provoca la duda filosófica; lo
mismo que en algunos otros ratifica su total confianza en Dios y en la Iglesia
preconciliar, vista ésta no sólo como ejemplo de gobierno jerárquico
perfectamente organizado, sino como educadora: madre y maestra (mater et magistra). Tanto para defender
sus propios argumentos como para atacar y criticar a sus adversarios se vale de
su fe a través del descrédito -como veremos- de los ideales de la razón, de la
ciencia, de la técnica, de la democracia, de la modernidad y del progreso,
entre otros. Pero no se crea que el autor de este trabajo tenga la intención de
reducir el pensamiento de Don Nicolás a esa tensión expresada al comienzo. No,
ni más faltaba, y mal haría en pretenderlo. Puesto que la obra de Gómez Dávila
es irreductible, tiene miles de matices aquí y allá, y éstos no se pueden
contener todos en una sola línea de lectura, están así estructurados
enriqueciendo su pensamiento.
Sin embargo, si
tuviéramos que rescatar un rasgo, si fuera necesario determinar ¿qué es lo que
“unifica” la filosofía gomezdaviliana? concluiríamos sin equívoco que es esa
tensión entre el escepticismo y la fe. Los enemigos de don Nicolás son los
enemigos de la fe católica que se alzan como estandarte en la modernidad y que
son tomados como prototipo en los años siguientes, estos son entre otros: el
progreso, la técnica, la democracia, la moda, la razón divinizada, el hombre
emancipado de Dios, etc. y para luchar contra estos enemigos reviste su
pensamiento de escepticismo, para atacarlos con las armas de la duda, de la
ironía, de la indeterminación, pero también con la máxima, con la sentencia,
con la conclusión irrefutable, con la expresión dogmática amparada en la
tradición. Para este combate Gómez Dávila recurrirá a un arcaico estilo de
escritura en el que se cuentan los más antiguos y clásicos fragmentos al igual
que los más recientes aforismos. De hecho, hablando formalmente, sus frases son
unas veces abiertas y persuasivas, es decir libres a la interpretación como un
aforismo, aparecen ante el lector como un cielo abierto y constelado; y otras
veces son cerradas y contundentes, como en el caso de la sentencia que hace que
la mirada se fije en un punto y que hacia ese punto tienda todo el significado
del apunte escrito.
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