Detalle

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Detalle de la portada del libro "Cautivo del Deseo" By: Óscar Eduardo Montoya

miércoles, 8 de marzo de 2017

Palabras injustas


Es evidente lo frágiles que somos. Las palabras nos destruyen. El lenguaje en sus usos más bajos y perversos viaja al centro de nosotros y nos fisura. Somos cristales que se van fragmentando como consecuencia de la mala comunicación. Me duele ver la muerte salir convertida en palabras, expresiones lastimeras que viajan como balas, como cuchillos y se van clavando en destinos frágiles y desafortunados. Las más de las veces, ese armamento deshumanizado, cae sobre las mujeres. Se estrellan una serie de palabras contra el interior de su ser. Y tal parece que eso responde a lo vacíos que somos como raza humana: capaces de privilegiar las modas, los estilos, el dinero y lo material sobre las mismas personas.
Leía por ejemplo un nuevo desorden mental que se está dando en la actualidad y al que dolorosamente han llamado gordofobia, es una conducta que consiste en discriminar a las personas por la talla y el tamaño de sus cuerpos y han querido diferenciarlo de otras formas de agresión por su alcance global y por las consecuencias psicológicas que provoca. Sin duda, los cánones de belleza actualmente impuestos castigan la talla sobre cualquier otro rasgo físico y deshumanizan a quienes no los cumplen, en especial a las mujeres.

La mujer es atacada por su conducta sexual, se le quiere determinar en lo que dice, lo que hace, lo que provoca, lo que permite, cómo se viste, etc. Pero lo más doloroso es cuando quieren limitar hasta su propia feminidad, aquello por lo que los antiguos le rendían culto a los cuerpos femeninos: la fertilidad. Hoy es un problema que una mujer amamante a su hijo en público, para nuestra sociedad un pecho al descubierto es una blasfemia a la estética y a la belleza morbosa a que quieren acostumbrarnos. El #Tetazo celebrado en Argentina el pasado 7 de febrero, al igual que el movimiento mundial #Niunamenos, son muestras de la necesidad que tenemos de modificar nuestro uso del lenguaje. El feminicidio más brutal, el más inhumano, no es el que le quita la vida al cuerpo, sino el que le quita a vida al alma.
Hace poco viajó hacia el infinito mi querida Eli, cansada de que por su condición sexual el mundo la asfixiara, no coincidió jamás con el movimiento de las cosas, de los seres, de esta época en que nos tocó vivir, una época que no entiende que las imperfecciones hacen parte de la vida; aunque sin duda ella era la mujer más perfecta que pudo existir. Se arrojó de un salto hacia la eternidad, a dónde siempre perteneció, y sin quererlo nos dejó sin su presencia, aunque presiento que su ser con nosotros permanece.


Periódico el Faro, Marzo de 2017.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Regresemos al Amor Primero

“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando. ”
(Hechos de los Apóstoles 2, 42-47).
 
La crisis de fe actual tiene raíz en la vivencia de la comunidad. Nos cuesta ser con el hermano[1]. Queremos enseñar y guiar pero nunca ser guiados. Nos empeñamos en conseguir -tener- la razón aun sabiendo que nos equivocamos, que no somos perfectos como deberíamos. Por eso los cristianos ya no acuden a nuestras reuniones, ni creen en nuestra enseñanza, porque nosotros no compartimos el pan. Hemos perdido -olvidado- un pilar fundamental a la hora de atraer hacia Cristo: el “miren como se aman” que hizo de la primera comunidad de cristianos un modelo a seguir; ese “miren como se aman” que sostuvo la Iglesia durante muchos años -hasta nuestros días- y que ahora por la lucha de poder se fue borrando de nuestros corazones: ya la individualidad, la autosuficiencia, el “yo puedo solo”, el prescindir del otro porque tiene un cargo menor, o porque yo me siento superior, ha convertido nuestros principios originarios en desechos inservibles. Dios nos eligió no por ser los mejores sino porque quiere mejorarnos, quiere hacer de nosotros hombres de amor, no solo quiere que lo amemos es necesario que nos amemos entre nosotros. Él quiere enseñarnos ese amor, esa forma de amar, esa forma de vivir.
Y a la hora de culpar estamos preparando piedras contra el hermano, nos enceguecemos contra la paja en el ojo del otro. Pues bien, sabemos que es culpa nuestra, pero sobre todo mía: Cuando no cumplí el mandato de amor al hermano, cuando no te escuché, cuando no te visité si estabas enfermo, cuando no te di un buen consejo, cuando vencido por el cansancio te grité, cuando no te presté la ayuda que necesitabas, cuando me sentí superior a ti y te miré por lo bajo, cuando te hice la guerra, cuando no te demostré lo suficiente que eras realmente importante para mí y para Dios, pido perdón por mi falta de amor.
Dice Gahvir Fahiaci[2]: “el amor dista de ser una fingida pose pietista, o un frenético y contorsionado rictus de locura carnal; es el elemento transformador por excelencia, el secreto de todos los secretos, la clave real y suprema de los auténticos alquimistas, el elixir que produce la eterna juventud...” el arma que hace que el hombre trascienda su simpleza de criatura y se haga súper-hombre como apenas lo atisbó Nietzche, el amor inspira la aureola de los santos y la corona de los mártires. Gracias al amor tiene validez la sentencia sicut dei (serán como dioses), y la prodigiosa reflexión de Cristo: “haréis estas cosas y aun mayores, cuando derrame sobre vosotros el Espíritu Santo” -en últimas el amor-. El amor hizo cierta la expresión de Pascal: “el hombre es infinitamente superior a sí mismo”, gracias al amor es plausible hablar de Dios, al amor se referían, probablemente, Platón cuando habló del Demiurgo Creador, Aristóteles del Motor Inmóvil, Liebniz de la Monada Suprema, Fitchte del Absoluto, Spinoza de la Sustancia Absoluta, Hegel del Espíritu Absoluto, Kant del Noúmeno, y del Superalma Bergson. El amor bellamente definido por Teihlard de Chardin “...es la más universal, la más formidable y la más misteriosa de las energías cósmicas”. El amor fuerza transformadora del hombre y del mundo, hace que dos desconocidos sean hermanos sin unión sanguínea, hace de nuestras comunidades verdaderos templos de Dios, pero es necesario que sea un amor leal y verdadero, no el que solo se dice o se escribe, sino el amor con el que se vive, debemos reavivar el tan admirado en la antigüedad “miren como se aman”, el amor que se viva en las comunidades cristianas debe ser un amor transparente, ya lo decía August Comte “el amor no puede ser profundo sino es puro”.
Yo mismo me estoy cansando de este discurso “se amordaza el amor cuando se discurre sobre él”[3]. yo mismo no amo como debería, yo todavía no doy la vida por el hermano, aun sigo señalando al hermano que cae en vez de ayudarlo a levantar, todavía cuestiono la autoridad que me brinda seguridad, sigo sin entender cómo se llega a pensar tan bonito, racionalmente un discurso seguro, pero en el actuar diario una total contradicción. Esto hermanos está destruyendo nuestra Iglesia desde dentro, la gente ya no nos cree, la gente ya no ve a Cristo a través de nosotros, esto debería estar preocupándonos a todos, los fieles ya no creen en el discurso del “cura”, discurso que no por demás carece de ejemplo de vida “más que preceptos... son vivencias lo que necesitamos”[4], se queda en las palabras. Juan Pablo I decía “el mundo de hoy necesita más de testigos que de maestros”, como hablar del amor cuando no lo practicamos, no lo vivimos, de Cristo cuando Él no vive en nosotros, testigos de qué...
Con muy feliz memoria recuerdo las palabras de Chiara Lubich “una comunidad puede no tener un espíritu de comunión”, frase lapidaria que debería cuestionarnos profundamente, según estos términos ¿cómo es mi vida en comunidad?, será que me he quedado en el cumplimiento, o debería decir en el cumplo y miento, de decir amar al hermano y no poder hacer nada por él, activista sin oración, o simple altruismo -que no es malo- que no trasciende a lo alto, ¿mi hermano se siente amado por mí? En los diálogos que solían tener los estudiantes del oratorio de Don Bosco giraban muchas veces en discutir ¿quién era el más amado por San Juan Bosco? Cada uno daba mil motivos para ser él el más querido por el santo, en últimas todos y cada uno se sentían los más queridos; ¿sienten eso de ti tus hermanos? ¿Los que te rodean se sienten realmente queridos por ti?
Gracioso el cuestionamiento con el que termino el párrafo anterior, realidad a la que nos vemos expuestos continuamente. Crisis de humanidad, así lo califica Joseph Gevaert en su libro La Condición Humana, es cierto, presenciamos la más profunda crisis que haya podido atravesar el hombre en toda su historia. Crisis que podríamos llamar de muchas maneras; crisis que carcome los tejidos de nuestra sociedad; crisis que transforma el contexto social, crisis que nos hace ciegos ante una realidad inminente: el hombre en su búsqueda egoísta por encontrarse a sí mismo se ha perdido de sí, el nosce te ipsum (conócete a ti mismo -sentencia del areópago griego-) se convirtió en el ignora a tu hermano. El mayor problema del hombre es sí mismo, su mayor enemigo está dentro no fuera como él cree, su mayor enemigo no es Dios, ni el Demonio, ni la sociedad, nada que esté fuera, es él mismo su propio destructor. Llevamos miles de años destruyendo lo que Dios nos regaló como única casa, miles de años matando la única compañía racional que Dios nos dio -el hermano-. Crisis de humanidad que se traduce en la realidad más triste que debemos aceptar: nuestra crisis tiene raíz en nuestra falta de amor. Nacimos con una profunda necesidad de ser amados, pero nadie se atreve a amar...
“Ámense los unos a los otros como yo los he amado”, “nadie ama más que el que da la vida por sus amigos”, “hagan esto en memoria mía”. Profundas recomendaciones que Cristo nos dejó. Él no nos pidió discursos coherentes, largas oraciones, fundar nuevos estilos de vivir en comunidad, sermones llenos de palabras; nos pidió algo sencillo y simple: Amar; pero con una finalidad: ser como él. Cuando Jesús dijo “sean perfectos como mi Padre es perfecto”, dijo simplemente Amen como mi Padre ama. Yo y el Padre uno somos. ¿Qué otra cosa puede hacerlos uno si no el amor? ¿De qué otro modo si no a través del amor puede ser Dios la comunidad perfecta del amor? el Papa Benedicto XVI le dedicó toda una encíclica a hablar de lo único que puede cambiar nuestra triste realidad Deus caritas est (Dios es amor), tan sencillo como eso, si Dios es amor y nosotros somos sus seguidores que debemos hacer: ¿hablar de Dios o amar como Dios? ¿Hablar del amor o vivir en el amor? Claro está que es muy difícil para el hombre amar de este modo, pero eso lo sabe Dios, y lo sabemos nosotros, no es nuestra obra, es la suya, Él lo dijo: “sine me nihil potestis facere” (sin mí nada pueden hacer), por eso hemos de rendirnos plenamente a Él, darle todo a Él, dejar todo en sus manos, decir con María: “ecce ancilla Domine, fiat me sicum verbum tua” (he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra), y que el Espíritu engendre a Dios en nuestras vidas, que engendre su amor en nuestros corazones.

Pablo Andrés Villegas Giraldo
Filósofo, ensayista y escritor de poesía
2016




[1] Todo este escrito nació sobre la meditación de cómo vivía la primera comunidad, testimonio que guardó San Lucas en su narración de los Hechos de los Apóstoles.
[2] GAHVIR FAHIACI. La Sabiduría del Látigo. Álvarez, La Ceja, 1986. p. 19.
[3]    Ibíd.
[4]    ibíd. p. 77.

sábado, 8 de octubre de 2016

En torno a un mito, Perséfone.


Autor desconocido

Antes del tiempo, antes de que existiera el lenguaje y se le dieran nombres a las cosas, una hermosa joven de vientre núbil, hermosos ojos, figura esbelta y piel blanca, solía recorrer los campos para cortar bellas flores. Una mañana, salió con sus hermanas al jardín y se disponía a cortar un narciso; de manera intempestiva, y antes de que la joven virgen pudiera razonar, se abrió la tierra y ante sus pies un carro tirado por caballos negros la raptó. La joven gritó pero nadie intervino ante el violento secuestro; pese al forcejeo la dulce virgen llamada Perséfone fue llevada por su raptor, el poderoso Hades, quien contra su voluntad la llevó a las profundidades del inframundo.
Un silencio ensordecedor se apoderó del mundo. Su madre, la preciosa Deméter, una vez se enteró comenzó a buscarla. La tierra se endureció y la sequía arreció haciendo imposible el cultivo y la agricultura. Los hombres comenzaron a morir por la inanición y la deshidratación. Las lágrimas de Deméter no conmovieron el corazón del dios de los muertos y la bella madre no se resignaba a tan fatal pérdida. Preocupado por el futuro de los hombres, ante la insistencia de Deméter, Zeus padre de Perséfone, convenció a su hermano Hades para que dejara a la virgen volver a los brazos de su madre. El plan era simple, la joven pasaría seis meses en el Averno como la esposa de Hades y otros seis meses con su madre. Las fiestas a estas diosas se celebran entre septiembre y octubre.
Esta historia, además de fascinante, pertenece a una serie de mitos que narran los primeros eventos de la civilización humana. Narra el paso del nomadismo a la agricultora, la recolección de frutos pasa a segundo plano y ahora será necesario también cultivarlos. Asimismo, el mito explica los ciclos naturales, la llegada de la primavera coincide con el tiempo en que la chica pasa junto a su madre; por otro lado, la semilla tiene que ser enterrada en el fondo de la tierra para que se pueda cultivar y así hacer posible la cosecha. Esto demuestra que los ciclos de la muerte y de la vida han representado los más secretos misterios, dignos de una adoración suprema, de un respeto profundo.
Un mundo como el nuestro, que ha dejado de lado el misterio, que se burla de la fantasía y que ha renunciado al asombro, nos abruma con su monotonía; cuando todo tiene un sentido y la razón puede explicarlo todo, nos hartamos muy pronto. Quizás el mundo era menos desafortunado cuando dependía de la intervención de seres mágicos, cuando los dioses hacían parte importante de los ciclos vitales, cuando no estábamos solos.

Pablo Andrés Villegas Giraldo, Filopoeta.
Periódico El Faro Edición Impresa #79 - Septiembre 2016
Bernini.

jueves, 6 de agosto de 2015

Herejías



En el principio era el todo
Sobre las aguas vagaba la nada
Y el orden reinaba al principio.

En el principio era la luz
El Demiurgo habitaba el crepúsculo
Y creó la oscuridad con polvo de estrellas muertas.

En el principio el Cosmos ordenado
Había excluido el mal de su destino
Y todo marchaba “como Dios manda”.

Y vino el hombre a habitar el tiempo
Y trajo consigo la idea de existencia,
De muerte; fatal suceso impreciso: Creatio ex nihilo.

Así todo cambiaba de amo
Creciendo y poblando la tierra
El universo compungido lloró amargamente.

Todo era bueno cuando el ser habitaba el ser
Cuando la eternidad era el uno y el bien era bello
Cuando el amanecer no tenía nombre, ni dueño.

Todo muere con el nacimiento
La génesis, la caída en el tiempo,
Pasamos de lo eterno a lo sensible en un instante

Y ese instante compone toda nuestra existencia,
Eterna, funesta, vespertina y siniestra,
Lamentable ese salto, inevitable castigo.

Nacemos con la muerte
Nos muere en el pecado todo lo que nos vive
Y el ser besa en silencio su naturaleza perdida.

En el principio era el silencio y el silencio habitaba la tierra
Pero vino el hombre y creó las palabras
Con el polvo sobrante de las estrellas muertas.

Caballero del Aurora, agosto de 2015.

miércoles, 15 de julio de 2015

Carta Apostólica sobre el Medio Ambiente



“El mundo moderno no será castigado, es el castigo”. Con estas palabras quiero abrir un diálogo en torno a la primera Encíclica escrita en su totalidad por el Papa Francisco: “Alabado seas” (Laudato Si'). Me parece que esta sentencia de Nicolás Gómez Dávila describe con total claridad y de la forma más precisa lo que ha resultado ser la idea de desarrollo y, su mal consejero, el consumismo: un castigo. Castigo que veremos en lo que sigue y del que sólo nos salva la reconciliación con los hombres y la comunión con el planeta.
En esencia esta Carta Apostólica tiene como tema central la ecología, o como lo llama bellamente el Obispo de Roma “el Cuidado de la Casa Común”. Para llevar a cabo su empresa el Papa destina siete capítulos (incluyendo la introducción) por medio de los cuales desarrolla una propuesta para contrarrestar el impacto climático y la huella ecológica, frutos de la contaminación. Los males que aquejan al mundo, por decirlo como una conclusión previa al escrito, son "una pequeña señal de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad". Sobre este punto deberíamos detenernos.
Si bien el cambio climático se da en cierto sentido de manera natural, todos estamos de acuerdo en que la principal causa de su aceleración somos los humanos. En este sentido acierta el Papa en llamar “consumismo inmoral” a esa incapacidad de saciar el deseo de consumir bienes y servicios, la masificación de estos bienes y la degradación del medio ambiente continúa en aumento -advierte en su carta- y las sociedades de primer mundo no parecen estar haciendo nada para detener o desacelerar este fenómeno. Así es que nos urge reemplazar progresivamente y sin demora las tecnologías basadas exclusivamente en combustibles fósiles, los cuales son grandes contaminantes, por fuentes de energía más amigables con el medio.
Quizás la tesis más criticada de SS Francisco, pero no por esto pierde evidencia, es la de que los países ricos tienen una deuda ecológica con los países pobres. Puesto que los países en desarrollo están a la merced de las naciones industrializadas las cuales explotan sus recursos para alimentar su producción y consumo, una relación que es a todas luces "estructuralmente perversa". Francisco rechaza -entre otras cosas- el argumento de que sólo a través del crecimiento económico se puede resolver el hambre, la pobreza y se puede recuperar el medio ambiente, porque este argumento no es más que un sofisma: "un concepto mágico del mercado". La redención, en este orden de ideas -para evitar el castigo de que habla Gómez Dávila- se encuentra en el cambio de mentalidad personal y social, desde una ética del sacrificio contra el consumismo desbordado en que vivimos, ética que debe comenzar por los gobiernos de primer mundo y que termine por reflejarse en las naciones más pobres.


Publicado en Periodico El Faro, junio de 2015.